OPINIÓN: Adorni y la renuncia que el país espera

No solo se dice si va, si viene o si fue. Se dice de Patricia Bullrich que sus dos capitales políticos son su capacidad de trabajo y su honestidad. Ser considerada una persona honrada después de 50 años de vida política es un capital enorme en un país donde un jefe de Gabinete, Manuel Adorni, acaba de confesar que usó los métodos de la vieja casta para huir de los métodos de la vieja casta.

 La información de Adorni no es cierta, porque hay muchos testimonios de su vida anterior a la función pública que dan cuenta de su escasez de recursos. Tampoco es cierto que todos los argentinos ahorran en negro; una gran mayoría tenemos todo nuestro patrimonio en blanco y perfectamente declarados ante los organismos impositivos. De todos modos, tuvo casi tres años, desde que es funcionario público, para blanquear esos supuestos ahorros que solo se conocen ahora. Tampoco él sabía, según sus propias declaraciones anteriores, cómo es el mundo de las criptomonedas, en el que asegura ahora que acumuló una fortuna de medio millón de dólares. El ardid es inteligente porque es difícil para la Justicia constatar la trazabilidad de esas operaciones. Son capitales cuya tenencia se pueden certificar ahora, pero no desde cuándo están en las manos actuales. De cualquier forma, haber tenido medio millón de dólares sin declarar ante los entes de recaudación impositiva significa, en primer lugar, que los recibió de una forma ilegal, sin ninguna factura o comprobante, y que, encima, confesó el delito fiscal públicamente y con desparpajo. Su confesión en la rigurosa entrevista que le hizo el periodista José del Rio colocó al gobierno de Javier Milei en uno de sus peores instantes políticos, porque coincide con un momento de sacrificio social de la mayoría de los argentinos que conserva la esperanza de que el Presidente cambie el rumbo de la decadencia nacional. Si hay algo en lo que está de acuerdo casi la unanimidad de las encuestadoras es que una porción determinante de argentinos no quiere volver a noviembre de 2023, cuando todavía gobernaban Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa. ¿Qué van a hacer entonces con Adorni, si es el principal ministro de una administración que prometió barrer con las viejas mañas de la política? ¿Qué hacer con un jefe de Gabinete que no es creíble para la sociedad ni para el resto del gabinete y que se puso a tiro de la Justicia, aunque se ampare en la increíble ley de inocencia fiscal? ¿O, acaso, la ley de inocencia fiscal se escribió para que los funcionarios acorralados blanqueen patrimonios que nunca antes tuvieron? El dirigente radical Mario Negri, que fue durante muchos años uno de los principales legisladores nacionales, señaló, categórico: “Entre Adorni y Pichetto, que quiere que se vote la libertad de Cristina Kirchner, han demolido el sistema jurídico. Todo vale”.

A Adorni lo aguardan los jueces y el Congreso. Los jueces podrían investigarlo por evasión fiscal durante sus años de funcionario público y también, como bien señaló la periodista Paz Rodríguez Niell, por omisión maliciosa, un delito que sanciona a los funcionarios que ocultan deliberadamente su patrimonio. Ambos delitos podrían condenarlo, en caso de que Adorni fuera declarado culpable, a la inhabilitación perpetúa para ejercer cargos públicos. El Congreso tendrá también un papel especial que cumplir, porque es especial la relación del jefe de Gabinete con el Congreso, según la voluntad constitucional. Empecemos por lo fácilmente comprobable: Adorni le mintió al Congreso y le mintió a la sociedad argentina cuando dijo que no ocultaba nada. El Congreso puede, mediante un voto de censura, echarlo del cargo; se necesita la mayoría absoluta (la mitad más uno del total de diputados y senadores) de las dos Cámaras del Congreso para despedir al funcionario.

Milei se metió solo en una infame ratonera: o echa él a su jefe de Gabinete o puede echarlo el Congreso, que sería mucho peor. El voto de los legisladores de Pro ha sido decisivo para que Milei ganara o perdiera en el Congreso la aprobación de sus proyectos de ley. ¿Qué harán los legisladores del partido que lidera Mauricio Macri, sobre todo después del duro documento de esa fuerza política sobre el caso Adorni y su confesión inconfesable? “No vamos a eludir el debate sobre el escándalo de Adorni”, adelantó uno de sus principales dirigentes, quien calificó como “una catástrofe” lo que sucede con el jefe de Gabinete después de que explicara cómo hizo una fortuna inexplicable. Pero, ¿votarían una moción de censura? “Es todavía muy temprano para decidir eso, pero reconocemos que se trata de un caso único en la historia reciente”, respondió. Es cierto: ningún jefe de Gabinete, desde la creación del cargo en la reforma constitucional de 1994, fue acusado de actos de corrupción perpetrados mientras ejercía esas funciones. Aníbal Fernández o Alberto Fernández, que fueron jefes de Gabinete, enfrentaron procesos judiciales, pero por delitos presuntos que habían cometido antes o después de estar al frente de la administración, no porque delinquieron cuando tenían ese empleo. Pasar de decir que “no ocultamos nada” a admitir que “ahorramos en negro”, más de tres meses después de que estallara la desvergüenza que lo tiene como protagonista, es una contradicción tan flagrante que cualquier otro presidente le habría pedido la renuncia en el acto, aunque también otro jefe de Gabinete la hubiera presentado antes de que se la pidieran para preservar al jefe político de la facción que gobierna.

El momento no es oportuno porque es heterogéneo el decisivo campo de la economía. Milei vive días felices, en los que el riesgo país no solo perforó los 500 puntos básicos, sino que está más cerca de los 400; ese índice es indispensable para que el Estado y las empresas accedan al crédito en los mercados internacionales. Por eso, subieron los bonos argentinos en Wall Street. También la inflación bajó y se aproxima a los 2 puntos o menos aun. Es una inflación alta para cualquier país serio del mundo, pero es un derrumbe en el ritmo del aumento de los precios en la Argentina. La otra cara de la realidad es que el consumo sigue estancado, y se acaba de conocer formalmente que durante abril cayeron la producción industrial y la construcción. Doce de los dieciséis sectores industriales que se miden han caído no solo con respecto del mismo mes del año anterior, sino también comparado con el mes de marzo. El comportamiento del consumo es igualmente heterogéneo porque se compra un poco más en el interior que en los grandes centros urbanos; el interior está cerca de la producción agropecuaria o de la industria del petróleo y el gas. El campo está mejor con Milei que con cualquier gobierno kirchnerista -qué duda cabe-, pero también está sufriendo las consecuencias de la subvaluación de dólar. Los productores rurales cobran dólares cuando exportan y deben pagar en pesos los costos argentinos. Al mismo tiempo, tienen que vérselas con los aumentos en los precios de los productos químicos importados por los estragos que está provocando Donald Trump y su guerra inconclusa con Irán. Peor está la situación en los centros urbanos y, sobre todo, en el conurbano bonaerense y en todos los conurbanos que rodean a las más importantes capitales provinciales. De 23 millones de trabajadores en total que hay en el país entre formales, estatales, informales e independientes, cerca de la mitad (los formales y los estatales), unos 11 millones, tienen los ingresos restringidos. Los aumentos salariales fueron en mucho casos inferiores a la inflación y, además, aumentaron considerablemente los precios de los servicios, como la electricidad, el gas, el transporte, los colegios, las expensas y los alquileres. El margen para el consumo se redujo, pero, según afirman la mayoría de los encuestadores, los argentinos se resisten todavía a un regreso al pasado. Un 65 por ciento de los consultados por la encuestadora D’Alessio-Berenzstein rechaza la situación de la economía y otra encuestadora, que prefiere no ser mencionada, consignó que la imagen negativa del Presidente es del 62 por ciento; la positiva es del 34 por ciento. Como se ve, el rechazo a la situación económica y la imagen negativa del Presidente son más o menos coincidentes. Nada extraño, porque la política económica, aun con sus muchas objeciones sociales, es el capital político más importante, casi único, de Milei.

Los encuestadores también establecieron que existe todavía un significativo voto institucionalista y anticorrupción, que es el voto de Patricia Bullrich en 2023, alrededor del 24 por ciento. Es el significativo piso electoral que tiene la actual senadora si quiere jugar una carrera presidencial en 2027. Acaba de cumplir 70 años y las próximas elecciones presidenciales serán, tal vez, su última oportunidad para buscar la más alta magistratura del país. El voto a Milei que lo convirtió en presidente ha cambiado. Por lo pronto, perdió una parte relevante del voto joven que lo acompañó en octubre de 2023, pero ganó a más sectores de la clase media alta. Hay algunos que pasaron de la simpatía al fanatismo, y entre ellos hay una parcela no menor del empresariado, que ni siquiera acepta una crítica institucional o las formas ásperas y permanentemente confrontativas del jefe del Estado. Pero Milei deberá resignarse: los “ñoños republicanos” no han muerto. Patricia Bullrich trata de retenerlos porque forman parte de su rebaño; nadie le puede pedir a una política que renuncie a su electorado. “Esto es más que un error; es una omisión ética”, disparó la senadora, todavía benevolente, después de las oscuras aclaraciones, un oxímoron sin paliativos, del jefe de Gabinete. Su primo, el entrañable Esteban Bullrich, fue más franco para referirse a Adorni: “Es un corrupto”, lo fulminó. En ese marco, ya empezó el debate sobre si será mejor tener el año próximo solo una alternativa para evitar un eventual regreso del peronismo. Algunos políticos temen que la división del no peronismo signifique el acceso al poder, otra vez, del kirchnerismo dormido. Otros opinan que será conveniente contar con una segunda alternativa razonable para el caso de que Milei tropiece con más rechazo que simpatía social. Ese es la construcción que está haciendo Mauricio Macri, cuyas declaraciones son cada vez más criticas del gobierno de Milei, aunque siempre rescata el rumbo general de su gobierno. Esos grises no existen en el mundo del Presidente: o se está totalmente de su lado o se está en la vereda de enfrente. La grisura es el color de la política si lo que prima es la negociación, el reclamo y la concesión. El Presidente no acepta esos términos. Aunque Macri asegura siempre que no busca nada personal, presidente y expresidente no se ven desde octubre del año pasado. Falta más de un año para las elecciones presidenciales, que es como la infinitud del tiempo en política, pero los dirigentes y los partidos ya empiezan a acomodarse cerca de la línea de largada.

Tampoco fue oportuno que el Presidente se entreverara en una polémica exclusivamente teórica sobre la creación de empresas no humanas mediante la Inteligencia Artificial. Milei preside un país con una sociedad que tiene otras prioridades, que registra un tercio de su población -por lo menos- viviendo bajo la línea de la pobreza y con dos tercios de su gente que trata de superar la escasez. Esas empresas que prescindirán del trabajo humano podrían, a la vez, concentrar el poder en cuatro o cinco grandes compañías creadoras de la IA, mientras destruyen a muchas otras empresas, los medios periodísticos entre ellos. La posición de Milei, escrita en el influyente Financial Times, fue impecablemente refutada por el intelectual más importante de los últimos tiempos, Yuval Noah Harari, quien escribió un libro (Nexus) solo para advertir el peligro que significará para la humanidad una Inteligencia Artificial alejada de la gobernanza humana, aunque valoró también sus méritos. La conclusión final de Harari en Nexus avisa: “Las decisiones que tomemos en los próximos años determinarán si convocar a esta inteligencia ajena ha sido un error terminal o el inicio de un nuevo y esperanzador capítulo en la evolución de la vida”. Hay una Argentina más cercana, menos diletante, más afligida.

Para La Nación, Joaquín Morales Solá

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