OPINIÓN: Ley de Compensación Futbolera
Tal vez la gloria futbolística de la Argentina sea una compensación por la catástrofe política en la que vivimos desde hace décadas.
Antes que nada, destaquemos la buena noticia de esta semana que quedó sepultada bajo la euforia mundialista: Javi presentó una reforma de la carta orgánica del Banco Central y cambió su propuesta original. Afuera con la idea de cerrarlo, incendiarlo o dinamitarlo como tantas veces prometió durante la campaña electoral. Gracias a Dios, aquel compromiso no se va a cumplir.
El temor de que pudieran colocar cargas de trotyl, lanzar drones, misiles o algún otro procedimiento de destrucción masiva quedó descartado. Excelente noticia para todos los empleados del banco, para el edificio mismo, los linderos y los vecinos. Se salva toda la calle Reconquista entre Corrientes y Bartolomé Mitre. También zafan el Banco Hipotecario, obra maestra de Clorindo Testa, que está casi enfrente del BCRA, la Universidad Tecnológica y el ITBA que están a la vuelta. Respiran los bomberos, el SAME y el Doctor Crescenti.
Evidentemente tenían razón los econochantas cuando decían que no era necesario hacer tanto quilombo para frenar la emisión monetaria. En cualquier caso, es una gran medida del gobierno. Tal vez la mejor de este primer mandato. Ojalá este cambio de Milei sirva también para calmar a los que dicen que el presidente está más loco que un plumero.
Dicho esto, vamos a lo importante. En realidad, a lo único importante.
Al hermano de la novia del hermano de mi novia le sobraba una entrada. Por razones que con el tiempo olvidé, me la dieron a mí. Así fue como en 1978 pude entrar al Monumental y ver la final entre Argentina y Holanda. Fue la única vez que estuve en un partido mundialista. Nunca antes y nunca después.
Me tocó platea baja, detrás del arco en el que Kempes hizo los dos goles, Naninga el empate parcial de Holanda y Dios nos salvó en el minuto 90 cuando hizo que el pelotazo de Rensenbrink pegara en el palo.
Del hermano de la novia del hermano de mi novia no recuerdo ni siquiera el nombre. De hecho, nunca más me lo cruce en la vida, dicho esto con todo respeto, cariño y agradecimiento por aquel ticket. Nos abrazamos como pocas veces uno se abraza con alguien. Era la primera vez que Argentina ganaba un título mundial, algo que siempre nos había quedado lejísimo.
Considerando que para tener noción de lo que significa ganar un mundial necesitás al menos tener 10 años de vida, lo que a partir de esa tarde le pasó a mi generación es único en la historia del mundo. Vimos los tres mundiales que ganamos y, contando la de hoy, seis de la siete finales que jugamos.
Por suerte no vi la de 1930, digo por suerte porque si la hubiese visto ya tendría más de 100 años. O ya habría pasado a la inmortalidad. Puesto a elegir, prefiero no haberla visto y ser todavía un pibe.
Teniendo en cuenta todo esto, solo un brasileño con casi 80 años o un alemán con 90 vió más que nosotros. Cuando digo nosotros me refiero a la generación argentina + 50 o +55. Bueno, digamos los +60 y cerramos ahí.
Por si alguno no se acuerda, vivimos los triunfos de 1978, 1986 y 2022. Y las finales perdidas de 1990 y 2014. Y encima lo de hoy. Un montón. Como si esto fuera poco, nos tocaron los dos más grandes de la historia, por lejos: Messi y Diego.
¿Por qué será? Salvo para los creyentes o los amantes de la suerte, la única respuesta posible es que se trata de un fenómeno científico: la llamada Ley de Compensación Futbolera. La Argentina es la demostración de la hipótesis. Veamos.
El siguiente párrafo ya fue escrito alguna vez en esta página pero sigue siendo válido:
O por la inapelable Ley de Compensación: la gloria futbolística es directamente proporcional a la tragedia política. Para decirlo de otro modo, cuanto mayor es el desastre que hace la dirigencia de un país, mayores son los éxitos futboleros.
A cada locura de los militares le correspondió la guapeza y la fuerza de Kempes y Passarella, o sea la primera gran alegría.
A cada híper de Alfonsín y Menem y a cada disparate judicial de la década menemista le calzó la llegada del Diego.
A la locura de los Kirchner, sus bolsos y vestidores llenos de guita le correspondió un alucinante Messi de fuerza igual y contraria. Tal vez alguno de los goles de Di María se lo debamos a Boudou o a Alberto. De ser así, para algo habrán servido estos dos inútiles.
Quien te dice, el derechazo de Enzo en la semifinal se lo debemos a Adorni, a las jubiladas y a la escribana. Nunca se sabe.
Los españoles también tienen su historia. Franco gobernó en dictadura durante 40 años pero curiosamente durante esas cuatro décadas nunca pasaron de cuartos. Tuvieron que esperar hasta el 2010 para mojar la medialuna por primera vez. Debe ser que la ley tiene algún efecto retroactivo.
De todos modos, para cumplir la Ley de Compensación y alcanzar la gloria futbolera hace falta un nivel de desastre político que, con todo respeto por los españoles, todavía ellos no están ni cerca de lograrlo.
Este domingo nos veremos en Nueva York. Tienen un equipazo y un Lamine Yamal que, con 19 años, ya parece haber jugado cinco mundiales. Le ganaron a los franceses con baile y todo. Se merecen estar donde están.
Pero ellos no acumularon 50 años de fracasos y frustraciones que las fuerzas del Universo todavía deben compensar. Nosotros sí. La deuda cósmica y las fuerzas de la física están de nuestro lado.
Desde la tarde en que vi a Rensenbrink estrellar la pelota en el palo derecho de Fillol hasta hoy, nos han quebrado una y otra vez como ningún manual de ciencia política pudo anticipar.
Quizás por eso estamos otra vez en la final. Con Messi y con el mejor equipo de la historia. Nos lo merecemos. Que sea.
En cualquier caso, la leyenda continúa.
Para Clarín, Alejandro Borensztein



