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Opinión: Trump y su doctrina para capturar a un dictador abre otra era y dejará secuelas

Esta parece ser la era de las áreas de influencia sin fronteras en las que cada potencia -Estados Unidos, China y Rusia- tienen el derecho de ordenarlas de acuerdo a sus intereses concretos.

Con la espectacular captura del dictador Maduro, el presidente venezolano que usurpaba el poder en unas elecciones que claramente había perdido, el “Colorario Trump” entró en acción. Se había anunciado cuando se difundieron los lineamientos estratégicos de su administración: restaurar la influencia de Washington en el hemisferio occidental.

La aplicación de la Doctrina que lleva el nombre del presidente que la creó hace más de dos siglos, James Monroe, fue para advertir a las entonces potencias europeas que no intervinieran en las Américas o no crearan nuevas colonias. Con distintas variantes -los Corolarios- como la que introdujo Theodore Roosevelt, se usó para invadir la República Dominicana, Haití, Honduras y Nicaragua. No funcionó -ni tampoco el sistema americano de defensa recíproca- cuando una potencia de la OTAN, Gran Bretaña, recuperó a sangre y fuego las Malvinas en 1982, con el respaldo militar de Washington.

La operación de Trump confirma un giro dramático: la política internacional ha ingresado en una época que se asemeja más a aquella que concibió Monroe que a la que luego de amargas y dolorosas experiencias surgió de reglas internacionalmente aceptadas y no siempre cumplidas.

Esta parece ser la era de las áreas de influencia sin fronteras en las que cada potencia -Estados Unidos, China y Rusia- tienen el derecho de ordenarlas de acuerdo a sus intereses concretos. Putín invadió Ucrania hace casi tres años, dando el puntapié inicial.

Como tanto Moscú y Beijing tienen vínculos políticos, económicos y militares en Venezuela, habrá que ver qué repercusión tendrá la captura del dictador venezolano en la actual negociación de paz entre Ucrania y Rusia, y en la tensión entre China y Taiwan, a la que Estados Unidos acaba de venderle armamento sofisticado. Y de qué manera evoluciona el interés estratégico de Trump por Groenlandia con los de Dinamarca y la Unión Europea.

La degradación del régimen chavista, con su secuencia de corrupción, protección y promoción del narcotráfico, expulsando a millones de venezolanos, se convirtió en un problema aún para sus aliados regionales que cometieron el error de no actuar con energía y decisión para frenar a la dictadura. Hubo complicidad manifiesta, miopía estratégica y una hipócrita e inoperante retórica aún frente a los actos más aberrantes de apoderamiento del poder. Quedó otra vez al desnudo la incapacidad del sistema interamericano para defender al sistema democrático y hacer retroceder lo que fue un fraude flagrante y obsceno. Los gobiernos “progresistas”, entre ellos el de Néstor y Cristina, tuvieron compatibilidad ideológica e hicieron negocios, muchos de ellos personales en nombre de la “liberación”.

Todo esto no justifica una intervención militar en la región ni tampoco la posterior intención de Estados Unidos de manejar la transición en Venezuela, sin especificar el cómo y con quién. Por ahora, la burocracia chavista sigue al frente del país, con la vicepresidenta a cargo e indicada por Trump como una persona proclive al diálogo.

El golpe comando, que mezcló poderío e inteligencia militar con una admitida ayuda desde el propio terreno, muestra que la diplomacia no hizo bien las cosas frente a un régimen autoritario, represivo, corrupto e ineficiente para los propios objetivos que dice defender. A su vez, la violación de la soberanía venezolana es una bandera que seguramente se agitará.

Hay una nueva situación plagada de interrogantes y peligros. La acción militar, la segunda ola que anunció Donald Trump, está en ciernes. La posibilidad de una guerra civil está abierta y, si se produce, dejaría heridas aún más hondas de las que ya existen.

Se desconoce el impacto que ha tenido esta acción sobre los militares venezolanos, verdadero pilar de la dictadura de Maduro. Venezuela cuenta con más de 2000 generales y almirantes para una población estimada en 30 millones. Supera a Estados Unidos en cantidad. Es que la cúpula de la Fuerza Armada de Venezuela se agrandaba al ritmo de los negocios y del grado de complacencia con el régimen.

Hay que recordar que en Venezuela hay un presidente electo, Edmundo González Urrutia, reconocido por muchos gobiernos occidentales (entre ellos la Argentina) a quién le birlaron la elección, y una dirigente como Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, que ayer sorpresivamente Trump dejó de lado, a pesar de que la dirigente venezolana -que fue proscrita por Maduro- había dado su inmediato apoyo explícito a la captura del ahora encarcelado presidente venezolano.

Para Clarín Ricardo Kirschbaum

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