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OPINIÓN: Milei, en el nuevo mundo de la jungla

El secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, explicó que el proceso inaugurado en Venezuela con la captura del dictador Nicolás Maduro tendrá tres fases (estabilización, recuperación, transición) con el objeto de conservar el orden y “no generar caos”. Los primeros pasos en esa dirección se estarían cumpliendo, aunque sin reparar, tal vez, en la onda expansiva que el caso venezolano derrama por el mundo.

La quirúrgica operación militar de Donald Trump en Caracas estuvo acompañada de otros impulsos. La refriega con Gustavo Petro en Colombia, que podrá ser un mal mandatario, pero carece de diploma de dictador. Las advertencias sobre posibles ataques a México. El presagio de que el régimen de Cuba, tras los sucesos en Venezuela, estaría por caer. La reiteración del deseo de anexar Groenlandia a Estados Unidos, que causa una inocultable conmoción en Europa. La presunción de Vladimir Putin de que su larga invasión a Ucrania podría tener el desenlace que pretende. La módica queja de China por lo sucedido en el Cono Sur que en algún futuro no inmediato le posibilitaría la recompensa de Taiwán. La admonición al régimen de Irán por los desórdenes sociales que hace semanas se registran allí. Se trata de asuntos que demuestran el terremoto que con su accionar produce el líder republicano.

Está clarísimo que el viejo orden internacional basado en reglas consensuadas parece agonizar. Asoma menos claro el nuevo orden anclado únicamente por ahora en las ínfulas de Trump. “No necesito del derecho internacional”, declaró a The New York Times. Como toda novedad que aflora súbitamente se pueden percibir inconsistencias. El hombre de la corbata roja denunció al régimen de Maduro como un cartel de la droga (los Soles) para justificar su acción directa sin autorización del Congreso. Como había sucedido en otro tiempo, por ejemplo, con la fallida incursión en Irak. Que contó además con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. El Departamento de Justicia ninguneó, sin embargo, la existencia de aquella organización. Aunque no eximió al dictador venezolano de su complicidad con grupos narcos y terroristas multinacionales.

¿Necesita Trump ese pretendido nuevo orden internacional para apaciguar su situación doméstica? La pregunta resulta válida con el caudal de información a la vista. El martes pasado en el quinto aniversario del asalto al Capitolio en 2021, por el cual el líder republicano terminó eludiendo su juzgamiento, el jefe de la Casa Blanca tuvo un encuentro con legisladores republicanos a quienes planteó la incertidumbre sobre la suerte de las elecciones legislativas de noviembre. “Desearía que me explicaran que está pasando en la cabeza de la gente”, se desesperó. “Hay que ganar esos comicios porque de otra manera los demócratas encontrarán un motivo para intentar destituirme”, alertó.

Trump posee los índices de popularidad más bajos de sus dos mandatos. Algunas de sus políticas neurales no estarían teniendo un buen desarrollo. Su combate a la inmigración ilegal dispara más despropósitos de los conocidos. En una redada realizada contra personas somalíes en Minneápolis, Minnesota, resultó ejecutada por la policía migratoria una ciudadana estadounidense, blanca, que se asustó por la ferocidad de los controles. Se repitió otro episodio con heridos en Portland. Los desbordes de esa política tuvieron una inquietante expresión en las recientes elecciones de la alcaldía de Miami, donde después de 28 años se impusieron los demócratas.

El paulatino ordenamiento de Venezuela y las secuelas que pueda arrojar sobre Cuba sería una manera de Trump para intentar recomponer sus puentes con los migrantes en Estados Unidos. Debería acompañar esos movimientos con una mejora de la situación económica. Y tratar de evitar, a lo mejor, incidentes en el corto plazo estimulados por su ambición de cortar la influencia de China en Occidente.

Trump venía hablando sobre sus deseos de anexar Groenlandia como medida de protección nacional por la presencia en el mar Ártico de buques rusos y chinos. Horas después de la captura de Maduro, apareció en X un mapa de Groenlandia tapado con la bandera de Estados Unidos. La había publicado Katie Miller, esposa de Stephen Miller, un hombre en quien no condice su lugar en el gabinete de Trump (sub jefe de gabinete) con la influencia que ejerce. Complementó el gesto de su mujer con un reportaje en una cadena de televisión donde dejó conceptos que escandalizaron a las principales naciones de Europa.

“Nadie va a enfrentarse militarmente con EE.UU. por el futuro de Groenlandia”, dijo. “Vivimos en un mundo que se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, remató. El desafío colocó en estado de alarma a siete de las principales naciones europeas (Alemania, Italia, Francia, Reino Unido, España, Polonia y Dinamarca, a quien pertenece la isla del Ártico) que advirtieron sobre la pretensión expansionista de Trump. En realidad, estarían en juego otro par de cuestiones cruciales: el vínculo con la OTAN y con la Unión Europea.

Trump tiene la mira ahora fija en Venezuela, donde casi a control remoto conduce al régimen chavista que encabeza Delcy Rodríguez. La “mujer de oro negro” no dijo ni “mu” cuando el líder republicano resolvió no decepcionar ningún pronóstico. Washington administrará el petróleo venezolano y con parte de esas ganancias estimulará a los ciudadanos del país caribeño la compra de productos fabricados en Estados Unidos. Habrá que preguntarse si ese modelo tiene puntos de contacto con el liberalismo o la escuela austríaca tan en boga en la Argentina.

Trump confesó que la administración de Venezuela perdurará mucho tiempo. La transición política parece un horizonte lejano cuyo formato definitivo está en la nebulosa. La oposición de Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, que ganó las históricas elecciones de julio del 2024, continúa sin ser llamada al juego. Muchos dudan sobre las ideas de democracia que posee el líder republicano. Lejos del convencionalismo, hay quienes ensayan teorías. El politólogo estadounidense Steven Levitsky sostiene que se estaría delineando en su país un “autoritarismo competitivo”. Traducción: quien gana las elecciones puede hacer lo que le plazca. Demasiado familiar para la Argentina en los años en que hubo que escuchar al kirchnerismo desde el púlpito.

El primer gesto de distensión impactante ordenado por la Casa Blanca fue la orden a Delcy para que comience la liberación de detenidos políticos. Un tema de línea directa para el gobierno argentino. En diciembre del 2024 fue detenido el gendarme Nahuel Gallo que pretendió ingresar a Venezuela por motivos familiares. Fue preso acusado de ser espía. Otro es Germán Giuliani un abogado que viajó por motivos laborales y nunca más regresó.

El gobierno de Milei estuvo todo este tiempo distanciado del tema. Lógico por su ruptura diplomática con el régimen chavista. Menos entendible no haber podido abrir algún canal informativo paralelo. Brasil representó los intereses de nuestro país desde que se quebró la relación bilateral con Caracas. Lula no es un socio confiable para el líder libertario. Sentimiento mutuo. Tampoco contó el gobierno con alguna deferencia de Washington. Patricia Bullrich, ya como senadora, confesó la impotencia oficial para poseer alguna pista.

El único acercamiento fue producto de una gestión del ex embajador ultra K en Caracas, Oscar Laborde, quien le hizo llegar una carta a Gallo de parte de sus familiares. Comunicó que estaba en buenas condiciones. Pero sembró dudas sobre su conducta y casi justificó la detención. El ex diplomático reaccionó ahora como se esperaba. Condenó la detención de Maduro y alertó sobre el supuesto avasallamiento imperial de EE.UU.

Con el inicio de la liberación de presos políticos y la toma de posesión del negocio petrolero, Trump habría considerado cumplidos sus objetivos centrales. De allí el anuncio de que no existiría una segunda oleada de ataques contra Venezuela. Quizás empiece a recortar el despliegue de tropas en el mar Caribe que insume un altísimo costo y es utilizado por los demócratas para criticarlo ante la opinión pública.

Al margen de percibirse como un aliado de privilegio, Milei debería tal vez profundizar en las consecuencias que en el mediano plazo podría acarrear la política exterior de Trump. Por lo pronto en la región permanece el foco perturbador de Venezuela, no se sabe por cuánto tiempo, que irradia inestabilidad en una geografía dividida. La mirada intranquila se amplía cuando se observa el difícil tiempo para la Unión Europea, encerrada en el pleito estratégico que Washington mantiene con China y Rusia.

¿Esa incertidumbre conviene a un país como la Argentina que busca estabilizarse de algún modo? ¿El recrudecimiento hipotético de alguno de los conflictos no alejaría a Washington de posibles urgencias que pueda volver a tener el gobierno de Milei? ¿El panorama general ayudará a la llegada de inversiones de largo plazo que requiere la economía de nuestro país para dejar su postración? Todo continúa siendo muy precario. Luis Caputo, el ministro de Economía, consiguió pagar un vencimiento de US$ 4.200 millones rascando varias ollas. Incluso la de un banco chino. El Banco Central comunicó que, módicamente, empezó a comprar reservas. El mercado reaccionó como si ninguna duda hubiera desaparecido.

La nueva realidad mundial llegó para quedarse. Se verá por cuánto tiempo. Las elecciones de medio término en Estados Unidos podrían constituir una bisagra. Por ahora existe un par de constataciones. Cayó Maduro, un dictador sangriento y corrupto. Lo empujó Trump, con su modo brutal. No habría ningún atajo para otra interpretación. La política y la historia suelen ser así de ingratas.

Para Clarín, Eduardo van der Kooy

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