“Parece que estamos en guerra”: testimonios desde las zonas afectadas en Italia

Así se vive el brote del virus en el primer país afectado de Europa.

«Parece que estamos en guerra. Está todo cerrado y no hay nadie por la calle, el silencio es impresionante y los supermercados ya están desabastecidos: en las góndolas ya no hay nada de conservas, como pastas, latas o agua mineral, y sobre todo faltan desinfectantes y artículos de limpieza con lavandina, inhallables, al igual que los barbijos y el alcohol en gel».

Como la mayoría de los cerca de 30 millones de italianos que se encuentran en las siete regiones del norte del país semiparalizadas, Manuela Borri no esconde su preocupación.

Por medio de ordenanzas , el gobierno decretó el cierre de escuelas, universidades, museos y demás lugares públicos para frenar los contagios del nuevo coronavirus, que hasta el momento ha provocado seis muertos, todos ancianos que sufrían de otras patologías, y 229 contagios.

«La cosa es seria, estamos encerrados en casa desde el sábado porque las autoridades dijeron que hay que evitar ir a lugares concurridos, donde hay riesgo de contraer el virus», cuenta Manuela, en diálogo telefónico con LA NACION desde su casa de Barlassina, pueblo en la provincia de Monza Brianza, en Lombardía, la región más afectada por el brote, con 172 casos.

Barlassina no se encuentra en la «zona roja» epicentro del contagio, formada por 11 comunas de la provincia de Lodi, blindadas por las autoridades, que no dejan entrar ni salir a nadie.

Pero, como muchos otros lugares, se ha vuelto un pueblo fantasma. «Está todo cerrado, nadie circula, nada sucede», cuenta Manuela, italiana que vivió hasta los 20 años en la Argentina, separada y madre de dos hijas.

«Estamos a 60 kilómetros de Codogno, el pueblo de Lodi que es el foco del contagio, pero el problema no es estar cerca o no de ahí, sino que quienes han contraído el virus pueden no saberlo, por lo que es mejor quedarse en casa», advierte.

Sin clases

Sus hijas Alessandra, de 21 años, y Francesca, de 16, no tienen clases hasta nuevo aviso debido al cierre de escuelas y universidades.

«Franci al principio decía: ‘Qué bueno, no vamos al cole’, pero la verdad es que hay mucho miedo, a tal punto que en la puerta del supermercado, que fue arrasado por la gente, hay guardias que dejan entrar pocas personas a la vez, no más de cuarenta, para prevenir contagios», agrega. ¿Medidas exageradas? «No, es el único modo para contener el virus», asegura.

Consuelo Dondoni, empleada bancaria de 48 años, italiana pese al nombre español, residente en el pueblo de Somaglia, de 3500 almas, en Lodi, sí vive en la «zona roja». «Nos han puesto en cuarentena obligada por 15 días y la verdad es que nunca, pero nunca en mi vida, me hubiera imaginado encontrarme en una situación semejante», cuenta a LA NACION, también en diálogo telefónico.

«¿Cómo lo vivo? Por suerte no estamos obligados a quedarnos encerrados en casa, sino que podemos salir a dar paseos, por supuesto con barbijo, podemos ir a hacer compras a los dos almacenes del pueblo, donde solo dejan entrar de a dos por vez y donde hay cola, así como en la farmacia, pero la situación es totalmente surrealista… No vuela una mosca y la desolación es total», describe.

Consuelo, que vive junto a su marido, Antonio, de 53 años, intenta tomarse la situación, evidentemente grave, con espíritu deportivo.

«Digamos que estamos con dos semanas de vacaciones forzadas, que hubiéramos preferido pasar en otro lado, pero tratamos de tomar la situación con una sonrisa, sin dramatismo», dice, al contar que como hay un tiempo primaveral, al margen de arreglar el jardín, ayer hasta se puso a tomar sol.

«Mi mamá también vive en el pueblo, así que fuimos a visitarla, y ahora estamos con mi marido sentados en el sillón esperando la hora de cenar. En fin, son los primeros tres días de aislamiento, es lo que hay y tenemos que adaptarnos. Pero creo que tampoco hay que minimizar y que si hay reglas deben ser respetadas, amén de que prevén fuertes multas a quien las transgreda», afirma.

Miedo

Almudena Agüero Pereda, española de 34 años que vive en Turín, capital de la región del Piamonte, desde hace 6 años y medio, casada con un italiano y madre de Irene, de 2 años, también dice que le parece estar en guerra.

 

«Esto es una locura, la gente está muy asustada, se fueron al súper a comprar provisiones como si se acabara el mundo», cuenta Almudena, que es farmacéutica y trabaja en la farmacia del aeropuerto de Turín, donde ayer, protegida con guantes y mascarilla, vendió sin parar barbijos y alcohol en gel.

«Hoy no trabajo, estoy en casa cuidando de mi hija, que va a una guardería que ha cerrado sus puertas, pero pienso que hay demasiado alarmismo», dice. «Mi marido, que es ingeniero, aún no sabe si a partir de mañana trabajará desde casa, como han decidido varias empresas, pero yo mañana me iré a trabajar tranquila, aunque mis parientes en España están en vilo, más preocupados que yo. No sé qué se está viendo desde afuera», comenta.

Coincide Roberto Torchio, neumonólogo que también vive en Turín. «Hay mucho miedo, el asalto a los supermercados y la compra compulsiva de barbijos y alcohol en gel, incluso a precios obscenos, lo refleja, pero no tiene sentido, porque este virus es como una gripe, que no presenta grandes síntomas y que después se acaba», aseguran.

«Claro, los ancianos tienen otras implicancias, pero la verdad es que hay mucho miedo, y sí , la sensación de muchos es que estamos en guerra».

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