OPINIÓN: Terremoto en el mapa electoral

Es difícil aún saber si la fórmula A.Fernández-C.Fernández es definitiva o un intento de unificar al peronismo.

El miércoles último Alberto Fernández cenó en Puerto Madero con dos personas. Una de ellas le preguntó cuándo Cristina Fernández iba a anunciar su candidatura. “Todavía tiene dudas”, contestó. El otro comensal, con desenfado y alguna ironía, lo interpeló. ¿Por qué no te designa a vos y termina con esta historia?. El ex jefe de Gabinete kirchnerista, contaron los asistentes, reaccionó visiblemente incómodo. Con ademanes. Sin palabras. Sabía ya que encabezaría una fórmula con la ex presidenta.

Se pueden descubrir en la sorprendente decisión infinidad de componentes. Personales y políticos. Cristina comenzó a pensar seriamente en correrse de la primera línea a partir de dos problemas. La salud de su hija Florencia, refugiada en Cuba, procesada y embargada por las causas Los Sauces y Hotesur. En ambas existen sospechas sobre lavado de dinero. La otra razón de la jugada surgió de una evidencia: sus dificultades para abroquelar al peronismo. La victoria de Juan Schiaretti en Córdoba y el contenido de su discurso, la convencieron que Alternativa Federal podía representar algo más que un enunciado. Sin un aporte pejotista adicional su sueño de derrotar a Mauricio Macri y retornar al poder se convertiría en utopía.

Habría que detenerse primero en la cuestión familiar de la ex mandataria. La única de fuste que ha venido condicionando sus pasos. Cristina le comunicó a Fernández que no sería candidata luego de su segundo viaje a La Habana. Partió el 19 de abril, el mismo día que falleció su madre, Ofelia Wilhem. Debió hacerlo así por dos razones. Su primera visita había tenido momentos turbulentos en la relación con su hija.Muchos reproches hacia ella. Alguna advertencia también sobre qué haría con su futuro político. Uno de los últimos reportes médicos señaló, por otra parte, que Florencia superó el linfedema (acumulación de líquido en las piernas) pero no un padecimiento autoinmune que le impide fortalecerse. No estaría pesando ahora más de 40 kilos.

Motivos combinados y descriptos al margen, la determinación de Cristina provoca un terremoto en el mapa electoral. Apenas a 35 días del vencimiento del plazo para inscribir candidaturas. A menos aún de la formalización de las alianzas. Podría haber un impacto a tres bandas: en el interior del kirchnerismo y en el mundo del peronismo tradicional. Por supuesto, también en el Gobierno cuya única estrategia apunta a la polarización contra la ex presidenta. Cambiemos podría tomar un hervor superior al que ya muestra.

La presencia de Alberto Fernández estaría llamada a causar dos efectos. El retroceso en el kirchnerismo de los sectores más intransigentes. La imposibilidad del retorno de otros. De hecho, La Cámpora se replegó visiblemente en la escena desde que el ahora candidato se reconcilió con Cristina. Tanto, que algunos de sus integrantes –Mariano Recalde, entre otros—le solicitan permiso antes de formular cualquier declaración. Fernández privilegia su diálogo, en ese grupo, con Máximo Kirchner y el diputado Eduardo De Pedro.

Aquel repligue significaría, al mismo tiempo, una recuperación de terreno para los dirigentes del peronismo. Cobra ahora más sentido del que tuvo el encuentro de la semana pasada de Cristina con la conducción formal del PJ, representada por José Luis Gioja y Daniel Scioli. Aunque de aquella fotografía también se pueda extraer otra impresión: muchos de los dirigentes retratados estuvieron allí antes por el odio manifiesto a Mauricio Macri que por amor a la ex presidenta.

También convendría hacer un paneo sobre el universo de los gobernadores pejotistas. Pretendieron desligarse de Cristina y de la supuesta polarización anticipando las elecciones provinciales. De hecho, antes del 22 de junio, habrá nueve votaciones en provincias administradas por peronistas. Estos dirigentes venían oteando la evolución de Alternativa Federal. Pero tampoco dinamitaron los puentes con Cristina. Pruebas: después del anuncio de ayer cinco mandatarios se comunicaron con Alberto Fernández. Esa ambivalencia tuvo un registro inconfundible. La gobernadora de Tierra del Fuego, Rosana Bertone, le había asegurado a Rogelio Frigerio que no se apartaría de la llamada Tercera Vía. Le debe al Gobierno mucho: sin la asistencia financiera que recibió no hubiera podido administrar, quizás, el gobierno de la isla. Bertone estuvo en la primera línea de la reunión de la conducción de PJ con Cristina. Días antes había pasado por el extremo sur Alberto Fernández.

El anuncio de la fórmula de ayer dispara otros interrogantes. ¿Se trata de la fórmula final? ¿O de un gesto para convocar a la unidad de todo el peronismo que con Cristina a la cabeza resulta imposible concretar? ¿Se trata de una fórmula que no será sometida a ninguna contienda? ¿O constituye el llamado a una PASO amplia si se produce la convergencia peronista? Sergio Massa venía intuyendo algo de todo esto. Quizá por su diálogo frecuente con el ex jefe de Gabinete. O las reuniones discretas que sostiene con Máximo y De Pedro.

Aquel cúmulo de dudas asoman válidas por varios motivos. No parece Alberto Fernández un hombre predispuesto a colocarse a la cabeza de las exigencias políticas y sobreactuaciones que demanda una campaña electoral. Tampoco es factible imaginarse a Cristina como una vicepresidenta sumisa recluida en el Congreso. Hay entre ellos una diferencia enorme de musculatura en el liderazgo político. También llamaría la atención la disposición de los tiempos. ¿Por qué se hizo el anuncio con tanta antelación? ¿Por qué se dejó de lado el secretismo, la estrategia dilecta de la ex presidenta? Valdría recordar de qué manera fueron ungidos en su momento Amado Boudou y Carlos Zannini.

Si todas aquellas fueran conjeturas barridas más adelante por la realidad se podría estar, potencialmente, frente a la chance de una escena inquietante que forma parte del manual del peronismo. Que Alberto Fernández pueda terminar convertido en una máscara del poder que podría ejercer Cristina. Haciendo salvedad de las escalas y sin intención de ofender a la historia, aquello que le ocurrió a Héctor Cámpora con Juan Perón. O lo que le habría podido ocurrir a Scioli, de haber ganado en 2015, con la amenaza de Zannini, su ladero en la fórmula.

Al igual que aquella cumbre de Cristina con el PJ, también luego del anuncio de ayer se comprendería con mayor profundidad la voltereta indecorosa de la Corte Suprema. Primero dispuso una suspensión virtual del juicio oral y público que debe enfrentar desde pasado mañana la ex presidenta. Es por haber favorecido con la obra pública a Lázaro Báez. La indignación que provocó ese gesto la llevó a volver sobre sus pasos. No quedan dudas de que entre la mayoría de los jueces (4-1) –al margen de las razones jurídicas—predominó al comienzo la intención de evitarle a la ex presidenta el mal trago que significará sentarse en el banquillo de los acusados. Quizás acompañada por Báez y Julio De Vido. Algo que la desconsuela.

¿Sabían los cortesanos que era inminente la comunicación de la fórmula? Seguramente no. Pero en varios de ellos existe una inocultable sensibilidad peronista. Basta para entenderlo, por ejemplo, con seguir algunas huellas de Ricardo Lorenzetti. En 2013, a horas de la victoria de Massa sobre Cristina, hizo convalidar la Ley de Medios a instancias kirchneristas. Dos semanas después de la asunción de Macri en 2015 sentenció a favor de tres provincias que, sobre la desastrosa herencia recibida, le generó al Gobierno una deuda de $ 45 mil millones. Lorenzetti también llevó la iniciativa, junto a Elena Highton, para demorar el inicio del juicio de pasado maña. El retroceso no implica que no puedan hacerlo convalidando nulidades y pericias durante su desarrollo, cuyo final nunca sucederá en este año electoral.

La posibilidad de unificar al peronismo y destronar en los comicios a Macri abriría otra puerta a Cristina. Acumular una masa de poder suficiente para desarmar en el Poder Judicial la maraña que existe en torno a las causas de corrupción de la década pasada. Podría pensarse en alguna disección que no llegue a crispar el humor colectivo. Ir despejando los acechos contra la ex presidenta y sus hijos. Permitir el progreso de las causas que involucran a otros hombres simbólicos de aquel tiempo: De Vido, Boudou, José López, entre un montón.

Lo cierto es que la novedad política que representa la fórmula anunciada obliga a un replanteo de todos los protagonistas y partidos. Un reflejo de la fragilidad sistémica, sin dudas, en medio de la crisis económico social. ¿Alternativa Federal mantendrá su vida? Schiaretti, pese a lo sucedido, mantiene ese propósito. La hipotética salida de Massa, si se suma al abroquelamiento que propone Cristina, quizá destrabe la situación interna del espacio y potencie a Roberto Lavagna y sus aliados.

Un dilema mayor afrontará el Gobierno. Le resultará mucho más difícil polarizar con Cristina. El fortalecimiento del kirchnerismo y la permanencia de Alternativa Federal arrojaría una marea de dudas sobre la factibilidad de la reelección de Macri. Su candidatura, entonces, volvería a estar en el debate de Cambiemos.

Hasta ahora el Presidente y Marcos Peña, su jefe de Gabinete, resisten apartarse del status quo político en que viven. Pero los planteos de sus socios de la coalición, en especial el radicalismo, prometen recrudecer. La sombra de Maria Eugenia Vidal volvería a agigantarse. Quizás, para no trastabillar sin remedio, el ingeniero y su espada principal deban comprender que empezó un tiempo nuevo.

Para Clarín/Eduardo Van Der Kooy