OPINIÓN: La desopilante y desigual batalla entre Alberto Fernández y el gallo Claudio

En 1960, el psicoanalista austríaco Bruno Bettelheim escribió un revulsivo ensayo sobre el Diario de Ana Frank. Como se sabe, Ana Frank era una adolescente holandesa que, junto a su familia, debió esconderse durante varios años en el ático de un edificio ocupado por oficinas, para no ser capturada por los nazis. Ana escribió en un diario personal todo lo que se vivía allí, hasta que finalmente los Frank fueron apresados. Toda la familia falleció en los campos de concentración, menos el padre, que descubrió años después esa pieza literaria que conmovió al mundo.

Sin embargo, allí donde los lectores podían encontrar la voz fresca de una adolescente que contaba una tragedia, Bettelheim -él mismo sobreviviente del holocausto- percibió otra cosa. Para él, los Frank hubieran tenido más probabilidades de sobrevivir de haber reaccionado de una manera más apropiada frente al peligro que se avecinaba. Otros huyeron a tiempo, enviaron a sus niños a zonas más seguras, entendieron rápidamente que su mundo ya no existía y, en lugar de aferrarse a él, reaccionaron de una manera que les aseguró la supervivencia. La familia Frank, apuntaba Bettelheim, fue capturada, entre otras razones claro, por su poca capacidad de adaptación a un cambio brutal que se producía a su alrededor. Bettelhein difundió esta teoría tan difícil de aceptar en un libro que se llamaba Sobrevivir. Tiempo después publicó otro Psicoanálisis de los cuentos de Hadas donde analizó CenicientaBlancanieves, Simbad el Marino, y Los tres Chanchitos.

En las sociedades occidentales -donde, por suerte, todo es discutible- muchos pensadores han dedicado enorme esfuerzo a analizar los significados implícitos o subliminales de obras de artes y de diversos productos de consumo masivo. ¿Por qué los cuentos, o los dibujitos animados, tienen impacto sobre millones de personas, o de niños? ¿Cómo reflejan sus ansiedades o sus anhelos o elaboran los hechos más traumáticos de sus vidas? ¿Qué revela eso sobre la condición humana en determinado momento de la historia? ¿Por qué son unas obras de arte y no otras las que trascienden? En el intento por comprender su propia cultura, pensadores de primer nivel han reflexionado sobre obras tan variadas como la música de Wagner, los dibujitos de Disney, el antiguo testamento o la explosión del fenómeno del rock.

Bugs Bunny (Warner Bros)

Bugs Bunny (Warner Bros)

Un enfoque muy distinto es el que intentó imponer el pensamiento totalitario en sus más diversas expresiones. En este caso, en lugar de tratar de pensar qué expresa sobre nosotros el consumo o el prestigio de tal o cual producto cultural, desde nazis a comunistas, o distintas variantes del pensamiento clerical, intentaron guiar, conducir o directamente frenar el anárquico y fascinante remolino de la cultura humana. Dividieron a la cultura entre “buena” y “mala”, según los objetivos que cumpliera, y se propusieron promover la “buena” y castigar a la “mala”. Para ellos, en algún sótano del planeta, existen personas poderosas que diseñan productos culturales para “inyectar” a las masas valores perversos y contrarios a sus intereses: judíos, capitalistas, comunistas, libertinos conspiran en secreto con ese objetivo. Se debe entonces, promover una cultura que “liberaría” a los oprimidos. Las consecuencias prácticas de esos razonamientos han sido espantosas, casi sin excepción.

Por alguna razón inexplicable, el presidente electo Alberto Fernández -al que nadie puede calificar de comunista ni nazi ni dictador- se ubicó esta semana en esta última corriente de pensamiento. El discurso que dio sobre “Cultura, política y capitalismo tardío”, en la Universidad de Tres de Febrero, es bastante explícito al respecto. “Los medios de comunicación son un mecanismo de control social. Los dibujitos animados son un medio de control social”, dijo Fernández. Y agregó: “Nos inyectan un montón de datos que nosotros ni nos damos cuenta que nos están inyectando”. Parece que existe en algún lugar una conspiración mediática para ejercer el dominio subliminal de la población mundial.

Para colmo, cuando Fernández se puso a fundamentar su teoría, los pasajes adquirieron ribetes hasta lisérgicos. Es necesario leer los párrafos literales para percibirlo cabalmente.

Ejemplos:

«Disney es un gran moralista donde siempre ganen los buenos. Bambi: matan a su madre unos cazadores futrivos y Bambi se recupera y se convierte en el rey de los ciervos en ese bosque. Y es el triunfo de los buenos sobre los malos».

-«Disney hizo algo raro que fue humanizar animales. Por ejemplo, un día descubrimos que un ratón tiene un perro: que Mickey tenía a Pluto. Y era raro. Pero nos mostraba metafóricamente nuestra vida habitual con un elemento subyacente que era el triunfo de los buenos sobre los malos».

«Vino entonces la segunda guerra mundial y entonces apareció la Warner y allí empezó el posmodernismo. Porque esos dibujos animados -Bugs Bunny, el pato Lucas, el gallo Claudio- todo eso es una disputa entre un tonto y un vivo donde siempre gana el vivo. ¿Han visto un estafador más grande que Bugs Bunny?«.

-«Y fue el modelo de muchos chicos, de muchas generaciones. Y fue un modelo de gran promoción del individualismo, el individualismo del vivo que pesaba sobre el que más necesitaba. El coyote necesitaba comer un correcaminos y el correcaminos era un vivo y le hacía explotar todas las trampas. Y después el coyote quedaba maltrecho y el correcaminos disfrutaba de su viveza. ¿Cual era el modelo a seguir? ¿El del coyote que buscaba comida o el correcaminos que era un vivo y siempre lo pasaba por encima al coyote?».

-«Como después el anime japonés inyectó la lógica de la violencia en lo dibujos animados y la vida de las pandillas, no tengo ninguna duda que tiene que ver con la cultura subyacente que había en esos dibujos. No tengo ninguna duda».

-«Nos inyectan un montón de datos que ni nos damos cuenta».

Muchas personas -como mínimo el 40 por ciento de la población- están muy atentas a este tipo de reacciones. Eso obedece a que la compañera de fórmula de Fernández tuvo en su momento una rabieta memorable contra Hermenegildo Sábat, y que durante aquellos años un jefe de gabinete, Anibal Fernández, elaboró una lista de libros enemigos del pueblo, y que otro hombre clave envió patotas a romper la presentación de un libro sobre el Indec que lo irritaba, entre otras delicias. Por eso, tal vez sea natural, y hasta positivo, que esa preocupación exista y que, incluso, se la exagere dentro de ciertos limites, siempre que no traspasen hacia la zona del ridículo. Al fin y al cabo, si el nuevo presidente cree que hay una cultura que nos somete por mecanismos subliminales, ¿no es lícito preguntarse hasta dónde llegará en su lucha denodada contra Bugs Bunny y el gallo Claudio? ¿No habrá cerca suyo personas que de verdad los odian? ¿No se han hecho demasiadas pavadas en la historia argentina -en nombre del peronismo y del antiperonismo, aquí nadie se salva- en función de esos razonamientos?

Cristina Kirchner y Alberto Fernández (Télam)

Cristina Kirchner y Alberto Fernández (Télam)

En cualquier caso, es una pena, principalmente para él, que en el final de su primera semana como presidente electo, Alberto Fernández se haya atrevido a alertar contra los peligrosos dibujitos de “la Warner”. Fernández arrancó su nueva vida con un notable gesto conciliador hacia Mauricio Macri. Luego respondió con sutileza a inteligencia a cada uno de los presidentes que lo felicitaron. Su hijo, Estanislao, le dio una lección de tolerancia, educación y diversidad a Eduardo Bolsonaro, ese energúmeno, hijo de un presidente que de verdad es autoritario. Su decisión de recibir a Brian Gallo, el joven humilde que había sido agredido en las redes luego de que se difundiera que había sido presidente de mesa, fue oportuna y ejemplar. En su semana más semana febril, Fernández había recorrido un camino interesante.

Pero, en el medio, se metió con Bugs Bunny.

Gobernar la Argentina es una tarea complicada. Casi nadie ha tenido éxito. Por un camino -el de la sensatez, la paciencia, la tolerancia- tal vez Fernández fracase, pero tiene alguna chance. En cambio, si se va a pelear con Bugs Bunny y el gallo Claudio, será derrotado. Son invencibles. La realidad es suficientemente complicada para, además, pelearse contra fantasías, y especialmente contra fantasías tan entrañables.

La película más vista en este momento, en todo el mundo, trata sobre un enfermo mental, abandonado por el sistema de salud neoliberal, que decide asesinar a personas poderosas, a ganadores del sistema: entre ellos a un conductor de TV. Esos asesinatos generan simpatía popular en todo el mundo porque, al fin y al cabo, el asesino solo castiga a los malos, a los ricos, a los dueños de nuestros destinos. Joaquin Phoenix realiza una actuación memorable al interpretar al Guasón, el asesino a la vez aterrador y popular de esa película. La empresa que produjo The Joker es Warner Bros, “la Warner”.

¿Qué virus nos estará inyectando esta vez?

Para Infobae/Ernesto Tenembaum