OPINIÓN: La asombrosa capacidad de elongación que tiene la letra K

La resolución 125 fue, principalmente, un error del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Durante los años en que ella gobernó hubo una política de persecución al periodismo que debería avergonzar a quienes la llevaron a cabo.

 Las estadísticas públicas fueron manipuladas. Algunos funcionarios claves, como Guillermo Moreno, nunca debieron tener el poder que tuvieron y otros, como el secretario de Obras Públicas, José López, cometieron ilícitos que asquean a cualquier persona de bien. Es un delirio haber vivido en un país donde se ponían fotos de periodistas para que fueran escupidas. En Venezuela no se respetan los derechos humanos. El cepo fue un grave error.

Desde el año 2008, cuando el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner inició su proceso de radicalización, la sociedad argentina protagonizó un debate muy duro en términos ideológicos, y también humanos, acerca de lo que estaba pasando. La mayoría de las afirmaciones con las que se abre esta nota eran esgrimidas por políticos, periodistas o ciudadanos que cuestionaban el sectarismo, la agresividad, y la corrupción del gobierno.  Quienes las defendían eran calificados como cómplices, mercenarios, funcionales a las corporaciones, golpistas. Todo está demasiado fresco como para haberlo olvidado.

En estos días, sin embargo, existe la apariencia de que algo ha cambiado. La Argentina protagoniza una exótica paradoja política. Por un lado, todos aquellos que apoyaron a Cristina Kirchner en sus momentos más duros, están felices por el casi seguro regreso del kirchnerismo al poder. Por el otro, Alberto Fernández, el candidato elegido por ella ha pronunciado, en distinto tono, todas las ideas incluidas en el primer párrafo de esta nota. El candidato propio de ahora le da la razón a los enemigos de entonces. Ese curioso giro de la historia genera una multitud de preguntas acerca del futuro. ¿Vuelven los viejos tiempos y las mismas personas? ¿Son nuevos tiempos y nuevas personas? ¿En qué medida habrá una mezcla de una cosa y de la otra?

Alberto Fernández en Mendoza

Alberto Fernández en Mendoza

La escenificación más fuerte de este proceso se produjo el jueves, durante un evento institucional del grupo Clarín, donde Alberto Fernández criticó, justo allí, y de manera muy terminante, la política de persecución a periodistas promovida desde la Casa Rosada entre 2008 y 2015. «Yo tengo muchos amigos periodistas, que son periodistas y siguen siendo periodistas a pesar de ser mis amigos. Y son gente de bien. No tengo ninguna duda de que son gente de bien. Y la mayoría de las veces no están de acuerdo con lo que yo pienso. Ahora, ¿cómo vamos a vivir en un país donde se ponen caras de esos periodistas para que la gente los escupa? Eso es una vergüenza. Lo he dicho siempre. ¿Y que me costó a mi? Que terminaran diciendo que era un hombre de Clarín», dijo Fernández.

Luego tuvo un gesto cálido hacia Héctor Magnetto, el anfitrión del encuentro: «Pregúntenle a Héctor, que está ahí en primera fila. Héctor no me deja mentir. Desde que renuncié nunca más lo ví a Héctor hasta hace poquito».

Fernández agregó: «No podemos vivir más en ese país. Es un país delirante. Tenemos que darnos cuenta del delirio que fue eso. Tiene que avergonzarnos todo eso. Del otro lado también, eh? Porque me acuerdo de Agustín Rossi perseguido a huevazos por la 125, o Kicillof corriendo con un nene en brazos en un barco porque lo insultaban. Del otro lado también. Ahora: punto. Nos olvidamos. Eso no puede volver a pasar entre nosotros. No-pue-de-vol-ver-a-pa-sar-en-tre-no-so-tros».

En realidad, eso no representa un problema para el candidato presidencial porque, efectivamente, él no fue parte de la guerra contra el periodismo crítico: se opuso a ella entonces como ahora. Pero, al mismo tiempo, es el candidato de un colectivo al que pertenecen cientos de miles de personas que encontraron en aquel conflicto, y en sus métodos, una razón de ser, una justificación existencial, una identidad, un marco conceptual para entender el mundo. En esa pelea se usaron frases como «manos manchadas de sangre», «apropiación de niños», «mesa de torturas». ¿Cómo hacen para estar felices cuando su propio candidato los desmiente así? Si era un asunto tan trascendente, ¿por qué casi nadie reaccionó ante el gesto de Fernández? Si no lo era, ¿por qué pasó lo que pasó en la última década? ¿Todos hicieron un ejercicio de autocrítica el mismo día a la misma hora?

En realidad, lo que ocurre es una expresión extrema de dos características del kirchnerismo. Por un lado, pese a la apariencia de rigidez, el kirchnerismo es capaz de cambiar violentamente, aún en aquellos aspectos que parecen formar parte de su esencia. Algo parecido ya ocurrió en la relación de ese colectivo con Sergio Massa, que ha vuelto a ser Sergio, con Felipe Solá, que ha vuelto a ser Felipe, con Jorge Bergoglio, que súbitamente se transformó el Papa del Pueblo y, obviamente, con Alberto Fernández. Nadie que sea calificado de traidor, de cómplice de la dictadura o de empleado de la embajada norteamericana puede ser excluido a priori de futuras alianzas, y hasta el soldado más fiel puede ser descartado.

El candidato del Frente de Todos en su llegada a Radio 10, en donde dio una entrevista el martes (Gustavo Gavotti)

El candidato del Frente de Todos en su llegada a Radio 10, en donde dio una entrevista el martes (Gustavo Gavotti)

Esos giros se realizan, además, de una manera muy disciplinada. Cuando «la conducción» señala un horizonte, allí va el colectivo kirchnerista. Quien conozca a fondo la historia de la izquierda en el mundo, especialmente la estalinista, podrá encontrar alguna raíz de este fenómeno en los célebres barquinazos en «la línea del Partido». Santiago Carrillo, el líder del Partido Comunista Español, decía: «Es preferible equivocarse dentro del Partido que tener razón fuera de él». Aquellas estructuras cerradas hoy se han transformado en un colectivo social que es traído y llevado sin demasiado esfuerzo. Su razón de ser se apoya en la confianza en la infalibilidad de su líder, cuya presencia define el bien y el mal de manera tan sencilla.

Eso que sucede con las relaciones personales y con los factores de poder es un guión que puede reproducirse con las políticas que se apliquen a partir del 10 de diciembre si Fernández, como todo indica, asume la presidencia. Podrá ir hacia la izquierda, hacia la derecha, o prender la luz del giro hacia un lado pero doblar hacia el contrario. Pragmatismo es la palabra del momento.

Una elongación fenomenal incluso respecto de las cuestiones más sagradas. Una disciplina férrea para aceptar cada giro copernicano. Habrá mucho de ambas cosas en los años que vienen.

Entretanto, en sus primeros pasos como candidato triunfante, Fernández empieza a saldar los debates que arrancaron en aquel lejano 2008: si la resolución 125 fue un error del gobierno, si la relación con los medios de comunicación no debió haber derivado en una guerra, si el cepo fue un grave error, si el Indec mentía, ¿cuánto dolor se hubiera ahorrado en la Argentina de no haber sucedido todo esto?, ¿Quién sería la persona responsable de haberlo causado?

Demasiadas preguntas hay en estos días de transición. ¿Es el kirchnerismo el que está desdiciéndose? ¿Es sólo su mascarón de proa? ¿Es Cristina a través de él? ¿O Fernández será apenas una anécdota pasajera que no expresa la supuesta esencia del espacio, suponiendo que tal cosa existiera? ¿Hay indicios de cambio profundo de una cultura política? ¿O la enfermedad está agazapada y espera cualquier momento para atacar de nuevo?

Cuando todo cambia, conviene desconfiar de las respuestas rápidas y de las miradas simplistas.

Para Infobae: Ernesto Tenembaum