OPINIÓN: La Argentina sobre la cornisa, otra vez

A 36 años de la recuperación de la democracia la Argentina vuelve a sentir acechada la gobernabilidad. El susto indujo a Mauricio Macri y a Alberto Fernández, dos personas que se quieren poco, a ensayar un acercamiento que repuso mínima dosis de previsibilidad. El Presidente fue duramente derrotado en las PASO pero sigue siendo presidente.

El candidato K ganó pero continuará siendo simple candidato. Si repite el éxito, se convertirá en mandatario electo. Debería asumir en diciembre.

Que la estabilidad política de una nación crónicamente inestable tambalee por el resultado de una votación demuestra dos cosas. Ante todo, la pobreza del sistema. También la notable impericia de la clase dirigente que en el afán por defender sus intereses circunstanciales disfraza de mejoras institucionales normas legales que nunca encuadran con la realidad. Un caso, está a la vista, son las primarias obligatorias sancionadas en 2009. Otro, más distante, la Reforma Constitucional de 1994.

Ambas, por otra parte, desnudan una contradicción. Después de la salida anticipada de Raúl Alfonsín, forzada por la extensa transición de seis meses entre la elección –que terminó con el líder radical– y la entrega del poder se estipuló que los comicios se harían siempre el último domingo de octubre. Para que el paréntesis se redujera a 40 días. Néstor y Cristina Kirchner inventaron las PASO con la adhesión banal de las mayorías oficialistas y opositoras en el Congreso.

Repusieron de esa manera un conflicto que se había intentado eludir. Sucedió porque el origen de las PASO fue espurio. Los Kirchner la idearon como una herramienta para coagular las fugas peronistas. Fue lo que los había llevado a la derrota aquel 2009. El oportunismo quedó registrado a partir de ese momento. En 2011, 2015 y ahora (2019) el kirchnerismo ungió sus candidatos a dedo. Sin primarias. La incógnita radica en conocer por qué razón la oposición suele entrar con tanta candidez en esos juegos.

Han existido ejemplos de crisis políticas muchísimo más graves en la región que no representaron una amenaza para la gobernabilidad. Veamos dos. Dilma Rousseff fue destituida por un juicio político en mayo de 2016. El proceso se inició en diciembre del 2015. Fue reemplazada por el vicepresidente, Michel Temer, que tuvo el timón hasta noviembre del 2018 cuando triunfó Jair Bolsonaro. En Perú, el ex presidente Pablo Pedro Kuczynsky debió renunciar en 2018 por un grave caso de corrupción. El de Odebretch. Ahora está preso. Asumió su vicepresidente, Martín Vizcarra, que tiene previsto permanecer hasta el 2021.

Tampoco aquel traspié de Alfonsín fue el único grave que registra la historia. Carlos Menem atravesó un tiempo de incertidumbre a comienzos de los 90 por la hiperinflación. Fernando de la Rúa se derrumbó directamente en la crisis del 2001. Eduardo Duhalde también debió anticipar la entrega de su gobierno de emergencia. Las mismas sombras persiguieron a Cristina en el verano del 2014 con una fenomenal corrida cambiaria. Demasiados antecedentes como para ser soslayados por la clase dirigente. Podría decirse, aludiendo al dicho popular, que la Argentina no tropieza solo dos veces con la misma piedra. La Argentina podría representar la piedra misma.

El Gobierno estuvo ajeno a ese dilema que corría subterráneo mientras la crisis económico-social dejaba al país sobre una cornisa. Macri y su entorno cercano, Marcos Peña y Jaime Durán Barba, evaluaron a comienzo de este año la posibilidad de eliminar las PASO. Se encontraron con una traición y una imposibilidad. Los traicionó el excelente recuerdo –en un contexto muy distinto– que las primarias habían tenido para ellos en el 2015. Constituyó el primer hito para el acceso de Cambiemos al poder. La oposición, sobre todo el kirchnerismo, no se lo hubiera permitido. Supuso que podría asestarle al oficialismo un golpe letal sin correr riesgo que una presunta mejora en el humor social mermara chances en octubre.

Frente al hecho consumado sobrevino el shock emocional y político. Regresaron en la coalición oficial las disidencias. Era lógico: siempre se sostuvo como tal en función de herramienta electoral exitosa. En las PASO no lo fue. El radicalismo volvió a levantar las voces críticas que había hecho oír en plena crisis. También, cuando puso en duda la conveniencia de la postulación de Macri. Se abrió además un debate en el propio Gobierno. Fue entre los que parecieron dispuestos al comienzo solo a redoblar la apuesta. Y aquellos que advirtieron sobre los peligros que esa postura podría tener para la gobernabilidad.

Al final ambos senderos hallaron un punto de convergencia. Fue el anuncio del Presidente sobre un paquete de medidas tendientes a paliar el padecer social. Una inyección de $ 40 mil millones. ¿Fin del acuerdo con el FMI?. El Gobierno dice que lo preservará sacrificando obra pública. Aquella coincidencia no estuvo exenta de refriegas. Se escucharon en pleno gabinete. A medida que se fueron pergeñando las medidas emergió la postura resistente de Nicolás Dujovne. “Todo eso implica un aumento del gasto”, cruzó varias veces el ministro de Hacienda y Finanzas. Cuya misión desde hace rato refiere a su condición de garante ante el FMI. También lo cruzaron a Dujovne: “Vos qué preferís, ¿Qué se pierda la gobernabilidad”, refutó un colega suyo.

Ese representó el punto final para el ministro de Hacienda y Finanzas. Perdió toda autoridad en víspera de la visita del FMI. María Eugenia Vidal le permitió a Macri salir del laberinto: cedió para reemplazarlo a uno de sus pilares de gestión, Hernán Lacunza.

También Peña, el jefe de Gabinete, quedó disminuido con sus estrategias de laboratorio electoral. No sirvieron frente a la impensada marea de votos. La evidencia está a la vista. Horacio Rodríguez Larreta intentará llegar a la reelección en primera vuelta haciendo lo que mejor supo hacer. Recorrida por los barrios porteños, unidad política y vidriera para su gestión. Quizás desentendido de la suerte de Macri. María Eugenia Vidal utilizaría en Buenos Aires un plan similar.

Esos dos distritos, como centro de gravedad del mapa, resultarán esenciales para el repunte del Gobierno en octubre. La reelección de Macri, tal vez, no sería prioridad. Si, en cambio, la acumulación de la mayor cantidad de votos para la formación de los bloques parlamentarios. Podría ser un rasgo de sensatez para evitar que, en caso de un triunfo, el kirchnerismo no tenga facilidades para imponer la hegemonía que reinó en épocas de Cristina.

El realismo, sin embargo, no implicaría resignar ni la épica ni la mística. El Gobierno está obligado a recuperar credibilidad y votos. Para lograr la recomposición. Ese fue el sentido de la arenga de Macri ante el Gabinete ampliado. La tónica continuará. Otra cosa son las irrupciones sonoras de Elisa Carrió. La diputada transita entre extremos. Vaticinó un triunfo por paliza en la próxima elección. Insinuó la existencia de un supuesto fraude en las PASO fogoneado por los narcos. Muestra de disociación con el mensaje que las urnas enviaron el domingo pasado. Aquello que el oficialismo debería evitar para no tropezar con la misma piedra en octubre.

Alberto también apareció serpenteante. La victoria lo envalentó tanto como mareó al Gobierno. El candidato K aceptó hablar con Macri después de cabildeos con Rogelio Frigerio, el ministro del Interior. Hubo gente en el macrismo que imaginó una reunión formal con foto entre ambos. Alberto explicó: “Lo va a perjudicar a Macri porque él es Presidente. Yo, todavía candidato”. En la conversación telefónica replicó al Presidente sus referencias a Cristina y Venezuela. Hizo una recomendación: que atendiera los consejos de Guido Sandleris, el jefe del Banco Central. Al banquero le envió un emisario porque lo conoce. Aunque no tanto como a Luis Caputo.

Sandleris afronta la aventura de lograr una estabilidad para el dólar. Pero no estaría dispuesto a dilapidar reservas. Alberto piensa en igual sintonía por una sencilla razón. Si llega finalmente al poder desea tener preservada la caja principal para lidiar con un cuadro que indica recesión, inflación, deuda y crisis social. También existe una amenaza para el candidato K en esta etapa de vacío que generaron las PASO: que por la obligación de la campaña Macri termine quemando reservas.

Alberto estima que el fantasma de Venezuela es muy perjudicial. Tuvo una discusión con Cristina por ese motivo. La obsesión, tal vez, lo indujo a un gesto inconveniente: la durísima respuesta a Bolsonaro, que atiza la idea de la instauración de un chavismo tardío en la Argentina. El candidato lo calificó de violento y misógino. Pero en un minuto que se imaginó con la banda presidencial entendió el error. Brasil es el principal socio comercial de la Argentina. Bolsonaro seguirá siendo mandatario hasta finales del 2022. Alberto comenzó a enmendar el equívoco con una misión discreta. El diputado Felipe Solá estuvo dialogando con el embajador brasileño, Sergio Danese.

Macri y Alberto continúan haciendo una disección de los diferentes significados que tuvo la reciente votación. No serían los únicos. Un movimiento dinámico comenzó también a advertirse en Comodoro Py. Allí están las cientos de causas de la corrupción kirchnerista. Sobre todo aquellas que atañen a Cristina y su familia.

A los jueces no los desvela el malestar social expresado. Desean descubrir si existe algún subtexto popular respecto de indulto virtual por aquellos delitos. Desde antes de la elección está bajo revisión la situación del empresario K, Cristóbal López. Madura en manos de un fiscal una investigación que toca a Macri. Tiene prólogo en un reciente fallo de la Corte Suprema. No prosperaría hasta que deje el poder, si lo deja.

Para Clarín/Eduardo Van Der Kooy