OPINIÓN: Alberto y el huracán latinoamericano

Cuando se ocupa un lugar de relevancia y de gran exposición en la sociedad conviene tener mucho cuidado con determinadas dinámicas, que tienden a imponer sus propias improntas, incluso a quienes descuentan que saben dominarlas. Son los primeros a los que suelen llevarse puestos.

La semana que pasó tuvo tal cantidad de acontecimientos programados e imprevisibles de enorme notoriedad, para bien y para mal, en el campo del llamado progresismo latinoamericano que si Alberto Fernández tuviese tiempo de verlos todos juntos en una película, con sus propias intervenciones, tal vez no podría evitar cierta sensación de incomodidad. El equilibrio que busca mantener con otros factores de poder podría alterarse, asustarlos o generar preconceptos. Quizás, de seguir así, pronto deberá repetir al establishment y a los mercados aquella frase atribuida a Néstor Kirchner cuando mandaba en la Rosada: «Miren lo que hago, no lo que digo».

El fenómeno se acentúa porque el presidente electo se ha vuelto más locuaz que de costumbre y ya casi no deja tema que ande sobrevolando por ahí sin emitir una opinión al respecto. Esa impresión se afirma más porque el presidente saliente y su equipo han bajado fuertemente su perfil. Su sucesor, mientras tanto, no pierde el tiempo y ofrece puestas en escena más histriónicas que ejecutivas, como la convocatoria sobre el hambre.

Cuando el candidato triunfante del Frente de Todos planificó su viaje a México, para buscar un nuevo eje geopolítico latinoamericano como contrapeso a la relación personal traumática que se estableció con el presidente brasileño, no podía ni imaginar que tantos temas informativos le iban a imponer un sesgo ideológico tan definido: así la reunión con el Grupo de Puebla el fin de semana pasado se vio sacudida por dos novedades fuertes -la liberación de Lula y la renuncia de Evo Morales- que lo llevaron a adoptar posturas que celebraron los radicalizados de su fuerza, tanto como su arriesgada crítica a Trump. En la misma dirección deben inscribirse su encuentro con referentes de las principales organizaciones sociales, el respaldo a la legalización del aborto que hizo durante la presentación de un libro, su viaje a Uruguay para darle apoyo al candidato del Frente Amplio, el ofrecimiento de asilo al expresidente boliviano y hasta sus prematuros deseos de que algún día Máximo Kirchner pueda encumbrarse como presidente de la Nación.

¿No será mucho tres miembros de una misma familia que lleguen a la cima del poder? Cerca de Alberto Fernández ensayan una elegante ironía como respuesta: «Es nuestro clan Kennedy». Vale aclarar que solo un integrante de esa poderosa familia norteamericana llegó a la Casa Blanca: John Fitzgerald, asesinado en 1963. Otros Kennedy tuvieron cargos importantes, aunque nunca alcanzaron la presidencia.

¿La transición? Bien, gracias. No es un tema que les preocupe. No hay tanto de qué hablar, alegan. Ponen el ejemplo de la firma de una escritura de un inmueble, una formalidad sin mayores misterios, justifican. Además, empezando por el propio Fernández, él y varios más, pasaron por el poder entre 2003 y 2015 y ya saben cómo funciona la botonera para pedir café… y otras cosas.

La ilusión del presidente electo de recrear lo más posible la etapa nestorista -aunque en su caso será sin el auxilio salvador de la soja ni el «viento de cola» inducido antes por el tándem Duhalde/Lavagna- podría llevarlo a repetir algunos nombres en los mismos lugares que entonces. ¿Rosario Lufrano, por ejemplo, volverá a ponerse al frente de la TV Pública? Preguntas que en pocas semanas quedarán develadas por la certeza de los hechos.

Juan Llach, en un estudio de la Universidad Austral, arriesga que Fernández deberá parecerse más al Perón de la segunda presidencia (1952-55), obligado a una política de shock y de apertura a las inversiones extranjeras, para capear desfavorables condiciones económicas. Tal como sucede ahora.

Para La Nación / Pablo Sirvén